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jueves, 22 de mayo de 2008

El miserere (Gustavo Adolfo Becquer)



...lo primero que me llamó la atención fue que, aunque en la última página había esta palabra latina, tan vulgar en todas las obras, finis, la verdad era que el Miserere no estaba terminado, porque la música no alcanzaba sino hasta el décimo versículo.


Esto fue sin duda lo que me llamó la atención primeramente; pero luego que me fijé un poco en las hojas de música, me chocó más aún el observar que en vez de esas palabras italianas que ponen en todas, como maestoso, allegro, ritardando, piú vivo, a piacere, había unos renglones escritos con letra muy menuda y en alemán, de los cuales algunos servían para advertir cosas tan difíciles de hacer como esto: Crujen... crujen los huesos, y de sus médulas han de parecer que salen los alaridos; o esta otra: La cuerda aúlla sin discordar, el metal atruena sin ensordecer; por eso suena todo, y no se confunde nada, y todo es la Humanidad que solloza y gime; o la más original de todas, sin duda, recomendaba al pie del último versículo: Las notas son huesos cubiertos de carne; lumbre inextinguible, los cielos y su armonía... ¡fuerza!... fuerza y dulzura.

-¿Sabéis qué es esto? -pregunté a un viejecito que me acompañaba, al acabar de medio traducir estos renglones, que parecían frases escritas por un loco.

El anciano me contó entonces la leyenda que voy a referiros...


...-Lloraba yo en el fondo de mi alma la culpa que había cometido; mas al intentar pedirle a Dios misericordia, no encontraba palabras para expresar dignamente mi arrepentimiento, cuando un día se fijaron mis ojos por casualidad sobre un libro santo.

Abrí aquel libro y en una de sus páginas encontré un gigante grito de contrición verdadera, un salmo de David, el que comienza ¡Miserere mei, Deus! (Salmo 50)

Desde el instante en que hube leído sus estrofas, mi único pensamiento fue hallar una forma musical tan magnífica, tan sublime, que bastase a contener el grandioso himno de dolor del Rey Profeta. 

Aún no la he encontrado; pero si logro expresar lo que siento en mi corazón, lo que oigo confusamente en mi cabeza, estoy seguro de hacer un Miserere tal y tan maravilloso, que no hayan oído otro semejante los nacidos: tal y tan desgarrador, que al escuchar el primer acorde los arcángeles dirán conmigo, cubiertos los ojos de lágrimas y dirigiéndose al Señor: ¡misericordia!, y el Señor la tendrá de su pobre criatura...
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lunes, 30 de noviembre de 1992

Annabel Lee - Edgar Allan Poe

Hace muchos, muchos años, en un reino junto al mar,

Habitaba una doncella cuyo nombre os he de dar,

Y el nombre que daros puedo es el de Annabel Lee,

quien vivía para amarme y ser amada por mí.

 

Yo era un niño y era ella una niña junto al mar,

En el reino prodigioso que os acabo de evocar.

Más nuestro amor fue tan grande cual jamás yo presentí,

Más que el amor compartí con mi bella Annabel Lee,

Y los nobles de su estirpe de abolengo señorial

Los ángeles en el cielo envidiaban tal amor,

Los alados serafines nos miraban con rencor.

 

Aquel fue el solo motivo, ¡hace tanto tiempo ya!,

por el cual, de los confines del océano y más allá,

Un gélido viento vino de una nube y yo sentí

Congelarse entre mis brazos a mi bella Annabel Lee.

 

La llevaron de mi lado en solemne funeral.

A encerrarla la llevaron por la orilla de la mar

A un sepulcro en ese reino que se alza junto al mar,

Los arcángeles que no eran tan felices cual los dos,

Con envidia nos miraban desde el reino que es de Dios.

 

Ese fue el solo motivo, bien lo podéis preguntar,

Pues lo saben los hidalgos de aquel reino junto al mar,

Por el cual un viento vino de una nube carmesí

Congelando una noche a mi bella Annabel Lee.

 

Nuestro amor era tan grande y aún más firme en su candor

Que aquel de nuestros mayores, más sabios en el amor.

Ni los ángeles que moran en su cielo tutelar,

Ni los demonios que habitan negros abismos del mar

Podrán apartarme nunca del alma que mora en mí, Espíritu luminoso de mi hermosa Annabel Lee.

 

Pues los astros no se elevan sin traerme la mirada

Celestial que, yo adivino, son los ojos de mi amada.

Y la luna vaporosa jamás brilla baladí

Pues su fulgor es ensueño de mi bella Annabel Lee.

 

Yazgo al lado de mi amada, mi novia bien amada,

Mientras retumba en la playa la nocturna marejada,

Yazgo en su tumba labrada cerca del mar rumoroso,

En su sepulcro a la orilla del océano proceloso.

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